The Washington Post: evitar los OGM no es solo anti-ciencia, es inmoral

The Washington Post: evitar los OGM no es solo anti-ciencia, es inmoral
The Washington Post: evitar los OGM no es solo anti-ciencia, es inmoral

The Washington Post: evitar los OGM no es solo anti-ciencia, es inmoral 

Artículo de opinión escrito por Mitch Daniel

En estos días son varias las afirmaciones “anti-ciencia” en los debates estadounidenses, el más claro es la campaña contra la tecnología agrícola moderna, más específicamente el uso de técnicas moleculares para crear organismos genéticamente modificados (OGM).

En Estados Unidos después de tener alrededor de 2 mil hectáreas de cultivos transgénicos y haber consumido billones de estos alimentos, no existen estudios ni argumentos fiables y serios sobre problemas ambientales, de salud humana o incluso digestivos. Sin embargo, una campaña concertada y profunda, tan implacable como infundada, ha persuadido a un alto porcentaje de estadounidenses y europeos para evitar los alimentos derivados de los cultivos transgénicos, además de pagar precios superiores por los alimentos “no modificados genéticamente” u “orgánicos” que pueden en algunos casos ser menos seguros y menos nutritivos. Gracias a Dios que los creadores de la crema dental del pasado no se intimidaron tan fácilmente; pues los consumidores podrían haber argumentado “¡Sin fluoruro adentro!” y en consecuencia podríamos haber tenido muchas más caries.

Este es el tipo de tonterías que las sociedades ricas pueden darse el lujo de complacer. Pero cuando intentan infligir sus supersticiones a los pueblos pobres y hambrientos del planeta, el costo pasa de ser asequible a peligroso y el debate de científico a moral.

Desde la academia hasta el Congreso, en estos días es común hablar en términos de “grandes desafíos”. Ningún desafío es más grande que alimentar a más 9 mil millones de personas con quienes compartiremos la Tierra en un futuro próximo.

Por supuesto, esas personas no se supone deberían existir. Hace solo unas décadas, los expertos estaban ganando premios “geniales” por pontificar que “la batalla para alimentar a toda la humanidad había terminado” y pronosticando que cientos de millones iban a morir y que no había nada que se pudiera hacer al respecto. (P: Si eso es genial, ¿cómo será la ignorancia? ¿No tienen los donantes del premio derecho a un desembolso?

En lugar de la hambruna masiva y la despoblación, en los últimos años se produjeron los mayores desarrollos en los niveles de vida, en seguridad alimentaria, en la reducción de la pobreza y en la esperanza de vida en la historia humana. Deng Xiaoping desenredó el espíritu capitalista en China por la mayor parte de la ganancia, pero personajes como el patólogo de plantas Norman Borlaug y el científico estadounidenses Orville Vogel, con su “revolución verde” salvaron la mayor cantidad de vidas y establecieron escenarios para el próximo gran desafío.

Hoy, sus sucesores científicos están dando a luz a un nuevo conjunto de milagros en la producción de plantas y cría de animales que no solo pueden alimentar a los miles de millones de personas en crecimiento del mundo, sino que lo hacen de maneras mucho más sostenibles y amigables con el ambiente. Y aunque las nuevas tecnologías son impresionantes, no son más que refinamientos de técnicas que se han utilizado durante siglos. Dada la naturaleza enfática o, como algunos dicen, “establecida” de la ciencia, uno esperaría un esfuerzo conjunto para difundir estas tecnologías que salvan vidas en las naciones más pobres que las necesitarán.

En su lugar, escuchamos demandas de que los países en desarrollo renuncien a los productos derivados de los cultivos transgénicos, que les ofrecen la mejor esperanza de unirse al mundo bien alimentado y creciente. En palabras de un crédulo ex presidente de Zambia, en Africa Oriental “preferiríamos morir de hambre antes que obtener algo tóxico”. No es que la comunidad científica no comprenda la gravedad del problema o las distorsiones de los detractores. Pero demasiados guardan lo que saben para sí mismos o, cuando participan, observan las reglas del Marqués de Queensbury en lo que es esencialmente una pelea callejera. Uno puede comprender su insinuación, enfrentándose a un lobby anti-GMO agresivo, a menudo interesado, que es indiferente a los hechos y rápido con ataques ad hominem. Si usted es un académico, puede decirse a si mismo que, tarde o temprano, la ciencia prevalecerá. Si es del mundo del comercio, justificará su silencio, o complicidad diciendo que no está en el negocio para discutir con los clientes. Y si usted es un burócrata regulador, le preocupa que sea atraído y descuartizado por cualquier error, mientras que nadie es responsable del milagro que nunca llega al mercado.

Es hora de mover el argumento a un nuevo plano. Para los ricos y bien alimentados negar a los africanos, asiáticos o sudamericanos, los beneficios de la tecnología moderna no es solamente ser anti-científicos. Es cruel, inhumano, y debería ser confrontado por razones morales. Lo invito a viajar a África con cualquiera de los tres recientes ganadores del Premio Mundial de la Alimentación de la Universidad de Purdue, y no encontrará manifestantes anti-OGM. Allí, donde ocurrirá más de la mitad del aumento de la población que viene, los consumidores y los agricultores están ansiosos por compartir los avances de la ciencia moderna que mejoran y salvan vidas. Los esfuerzos para persuadirlos de lo contrario, o simplemente bloquear su acceso a la siguiente ronda de avances, son peores que anticientíficos, son inmorales.

Autoría exclusiva de www.washingtonpost.com

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