La genética de la agricultura orgánica y el futuro de los alimentos

La genética de la agricultura orgánica y el futuro de los alimentos
La genética de la agricultura orgánica y el futuro de los alimentos

La genética de la agricultura orgánica y el futuro de los alimentos

Por Pamela C. Ronald

¿Qué tienen en común la insulina, el queso, la papaya hawaiana y una hamburguesa vegana? Que todos fueron desarrollados usando ingeniería genética, un enfoque establecido hace más de 40 años.

A principios de la década de 1970, los investigadores del Área de la Bahía de San Francisco demostraron que era posible diseñar genéticamente bacterias con un nuevo rasgo. Mostraron que los genes de diferentes especies podrían ser cortados y empalmados y que los nuevos genes podrían ser reproducidos y expresados ​​en las bacterias.

La insulina humana, la primera medicina genéticamente modificada comercializada (un gen humano expresado en un microbio), se usa desde 1982 para el tratamiento de la diabetes, una enfermedad que afecta a más del 9% de la población de EE. UU. La insulina modificada genéticamente por transgénesis ha reemplazado a la insulina producida por animales de granja debido a su menor costo y alergenicidad reducida.

El queso se hace por la coagulación de la leche con la adición de cuajo para producir cuajada. Las cuajadas se separan del suero líquido y luego se procesan y maduran para producir una gran variedad de quesos. El ingrediente activo del cuajo es la enzima quimosina. Hasta 1990, la mayoría del cuajo se producía a partir de los estómagos de los terneros recién nacidos sacrificados. En la actualidad, con un décima parte del costo que en 1990, la quimosina se produce mediante ingeniería genética. La quimosina genéticamente modificada se distribuye a nivel mundial, con 80% a 90% de los quesos duros en los Estados Unidos y el Reino Unido producidos utilizando quimosina genéticamente modificada.

En la década de 1950, toda la producción de papaya en la isla de Oahu fue atacada por el virus de la mancha anular de la papaya, que causa síntomas de manchas en las frutas y atrofia los árboles infectados, creando de ese modo una crisis para los productores de papayas hawaianas. En 1978, Dennis Gonsalves, un hawaiano local, y sus colegas empalmaron un pequeño fragmento de ADN de una cepa del virus en el genoma de la papaya. La papaya modificada genéticamente produjo 20 veces más papaya que la variedad no genéticamente modificada cuando se infectó. Para septiembre de 1999, el 90% de los agricultores habían obtenido papaya genéticamente modificada, y la mayoría la habían sembrado.

Patrick Brown, fundador de Impossible Foods , está aprovechando los avances en la ingeniería genética para alejar a la población mundial de su dependencia de la carne, los huevos y los productos lácteos. Su equipo de científicos está aislando proteínas y otros nutrientes de verduras, papas y granos para recrear los complejos sabores de una hamburguesa.

Para darle a la hamburguesa el color y sabor de la carne de res, el equipo decidió agregarle a la leghemoglobina, una proteína que se encuentra en los nódulos de las raíces de los guisantes y otras plantas que forman una relación simbiótica con las bacterias fijadoras de nitrógeno. La Leghemoglobina tiene similitudes químicas y estructurales cercanas a la hemoglobina que se encuentra en la sangre de los animales, y, como la hemoglobina, también es roja. El equipo utilizó la ingeniería genética para expresar el gen de la planta que codifica la leghemoglobina en la levadura y agregó la proteína aislada producida por la levadura a la mezcla. Cuando muerdes esta hamburguesa vegana, rebosa de rojo.

Treinta y cinco años desde que se comercializó la primera medicina genéticamente modificada y más de 20 años desde la plantación del primer cultivo genéticamente modificado, han proliferado las aplicaciones de la ingeniería genética. Se ha utilizado para diseñar maíz y algodón resistentes a los insectos, reduciendo la cantidad de insecticidas químicos que se rocían en todo el mundo. Durante este tiempo, no ha habido un solo caso verificable de daño a la salud humana o el medio ambiente.

Todas las principales organizaciones científicas del mundo han llegado a la conclusión de que los alimentos genéticamente modificados en el mercado son seguros para comer. Estas son las mismas organizaciones en las que muchos de nosotros confiamos cuando se trata de otros temas científicos importantes, como el cambio climático y la seguridad de las vacunas.

A pesar del récord de seguridad y beneficios ambientales, el proceso de ingeniería genética (a menudo llamado “OGM” o transgénicos) todavía provoca controversia y, a veces, protestas violentas.

Las campañas contra los cultivos genéticamente modificados reflejan la ansiedad general sobre la genética de las plantas y la distribución de las instituciones establecidas. A menudo es difícil para los consumidores y los legisladores descubrir cómo diferenciar la investigación científica de alta calidad de los rumores sin fundamento.

Jim Holt, un escritor de The New York Times Magazine, cita una encuesta que indica que menos del 10% de los estadounidenses adultos poseen conocimientos básicos de ciencia. Para los NO científicos, puede ser que la gran dificultad de la ciencia y lo alejada que está de sus actividades diarias “es lo que la hace parecer extraña y peligrosa”.

Es posible que el acceso mejorado a la información científica sobre genética, alimentación y agricultura pueda ayudar a los consumidores y a los responsables de la regulación y políticas públicas a tomar decisiones ambientalmente racionales. Pero la ciencia cognitiva revela que somos subjetivos acerca de cómo obtenemos nuestra información, en qué confiamos y creemos, y cómo nos sentimos con respecto a los hechos que obtenemos.

Las emociones son una parte ineludible de nuestras percepciones, no importa lo bien informados que estemos. Entonces, ¿cómo podemos avanzar? Para el año 2100, se espera que la cantidad de personas en la Tierra aumente a más de 11,2 mil millones de personas de los actuales 7,6 mil millones. Si no cambiamos los hábitos alimentarios o reducimos el desperdicio de alimentos, tendremos que producir más alimentos en los próximos 50 años de los que produjimos en los últimos 10.000 años. Y debemos hacer esto mientras minimizamos los impactos ambientales.

Según David Ropeik, un experto en percepción de riesgos, “si queremos tomar las decisiones más inteligentes posibles, tenemos que desafiarnos a nosotros mismos para ir más allá de lo que sentimos instintivamente y tratar de combinar nuestras emociones con una consideración cuidadosa y reflexiva de lo que realmente podría hacernos el mejor bien”.

Traducción de columna de Pamela C. Ronald, profesora distinguida en el Departamento de Fitopatología y el Centro del Genoma en la Universidad de California, Davis.

Traducido de: Organic farming genetics and the future of food

Crédito de imagen destacada: Giselle Guerrero